Kirguistán, un país sorprendente en el corazón de Asia Central.
Uno de los territorios con mayor altitud media del mundo, donde el aire es puro y los horizontes infinitos. Una tierra de contrastes, de sorpresas, de paisajes y de gente que no te deja indiferente.
Montañas majestuosas de más de 4.000 metros. Lagos de aguas turquesas, azules, grises o verdes. Cañones rojizos, gargantas vertiginosas, paisajes que parecen de otro planeta. Y las verdes praderas que se extienden sin fin por encima de los 3.000 metros, donde cada verano, pastan vacas, ovejas y caballos. Ríos y cascadas se abren paso entre estos paisajes de ensueño, rompiendo el silencio con su fuerza indomable.
Senderos imposibles que conducen a rincones inesperados, en medio de una naturaleza de belleza extrema. Y, de repente, una yurta. Sencilla, blanca, solitaria, como un milagro en medio de la inmensidad. A su alrededor, el ganado y una calma que solo rompen el viento, los pájaros y el agua.
La amabilidad y hospitalidad de los kirguises se revela en una taza de té caliente, en un cuenco de kymys, leche de yegua fermentada, símbolo de la vida nómada, en un plato de fruta y en unas pocas palabras en kirguís o en ruso. Una invitación a sentarse en el suelo de una yurta, llena de telas rojas, que es su hogar durante los meses más cálidos.
Y cuando cae la noche, el cielo infinito se cubre de estrellas. El silencio. El descanso de los nómadas, de los animales, de los viajeros. El frío que se posa sobre la inmensidad.
Aún hoy, en cada rincón, resuenan los pasos de la Ruta de la Seda: recuerdos de caravanas, de caminos y de intercambios.
Kirguistán es un puente entre el pasado y el presente. Un lugar donde la tradición nómada perdura y donde la naturaleza impone su propio ritmo.
Y quizá, por eso, nunca te vas del todo: permanece en ti.