Son Kul Lake

Son-Kul, Kirguistán

En Son Kul la vida late despacio, como si el tiempo hubiera decidido detenerse a respirar. Los días se estiran más allá de las veinticuatro horas y, en esa pausa, parece que no sucede nada… y, sin embargo, sucede todo.

No hay prisa. Solo el gesto sencillo de sentarse en la hierba, de apoyarse en una yurta y dejar que la mirada descanse en lo cotidiano: las manos que ordeñan las yeguas, el vaivén de los barreños llenos, el camino de regreso hacia la yurta donde el kymys cobra forma. Todo ocurre sin ruido, como si todos supieran exactamente qué hacer.

A más de tres mil metros de altitud, los pastos verdes se extienden hasta donde alcanza la vista. Las vacas avanzan despacio, comiendo aquí y allá. Las ovejas se agrupan cuando alguien se acerca, como si en su quietud hubiera una forma de entender lo que está por venir.

Y al caer la noche, el cielo se abre. Las estrellas aparecen una a una, nítidas, infinitas, sin ningún rastro de luz que las distraiga. Entonces llega el frío, inesperado, y el verano se desvanece por un instante, para dejar paso a lo que recuerda al invierno, que se posa en la piel y obliga a recogerse, a mirar más despacio, a quedarse frente a la "pechka", la estufita dentro de la yurta.  

Y al caer la noche, el cielo se abre. Las estrellas aparecen una a una, nítidas, infinitas, sin ningún rastro de luz que las distraiga. Entonces llega el frío, inesperado, y el verano se desvanece por un instante para dejar paso a una sensación de invierno que se posa en la piel y obliga a recogerse, a mirar más despacio, a quedarse frente a la pechka, la pequeña estufa dentro de la yurta.

Y en ese silencio, en esa inmensidad, uno entiende que no hace falta nada más: respirar, sentir, vivir.

Mar GilPhotography

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